Dentro de Parque Regional del Sureste, uno de los espacios más desconocidos es el comprendido entre Getafe y Rivas, al norte del término municipal de S. Martín. A pesar de los incendios es un bello enclave del Sureste madrileño.
Habíamos fijado la cita a las 11, junto al Puente del Congosto. Javier Grijalbo llegó a las 7 con la intención de escuchar el bello canto de la totovía, pero esta vez la desaprensiva no acudió a la cita y a Javier no le quedó otro remedio que escuchar la Balada de otoño de Serrat, dentro de su coche, con los ojos empañados por las lágrimas.
Como es habitual, el Doctor Juan Manuel, llegó cuando nos íbamos al Ptº de La Marañosa, y para no perder la costumbre volvió a llegar tarde al puerto. Un grupo de 17 «personas» desafiando todo pronóstico meteorológico nos disponemos a pasar un día inolvidable y emprendemos la marcha empujados por el viento. Un tal José Luis, de ARBA Madrid (antes La Vieja), que venía a recoger unas fotos de manos del doctor e irse, al ver el percal decide hacer el recorrido con nosotros, decisión que cambiaría su vida para siempre.
También ha venido nuestro querido Rubén, últimamente desaparecido en labores de hacedor de vida por los montes ripenses, en la más terrible de las soledades. Raúl Urquiaga, el gramero, ha faltado a la cita, pero sin estar está.
Pues nada, el viento nos increpa e iniciamos la marcha por la carretera que conduce al Poblado de Arriba que, pronto dejamos para caminar por los ricos pastizales entre coscojares y los restos del monocultivo de pino naturalizado después del incendio acaecido hace más de una década.

En primer plano, Juanma a la derecha, con orejeras para no oír los lamentos de Javier, todavía entristecido por su no encuentro con la totovía mañanera.

Seguimos camino junto a la valla que encierra al recinto militar y el término municipal de S. Martín, alguna discusión sobre si las Efedras son disachya o nebrodensis, o ambas (llego a la conclusión que entre tanto doctor cum laude no tienen ni la más mínima p. idea); giramos hacia el este entre peñascos calizos que asoman. Encinas, coscojas, madreselvas, espinos negros, aulagas, estepas blancas, salvias, Ombligos de Venus aberronchados al rocaje vivo, etc. En este punto muchos de nuestros compañeros de camino son conscientes de la trascendencia del viaje interior que están haciendo.

 

 

En primer plano la Doctora Bea, a la que nunca perdonaré la omisión de la Trucha salvaje en el catálogo que elaboró en su tesis sobre la diversidad madrileña. Jamás te lo perdonaré Bea, jamás. Al lado su hermano, excelente cocinero que nos deleita con sabrosos manjares en las excursiones. Ambos grameros arrepentidos. Al fondo el Doctor Juan Manuel se lo querisela.

Bajamos de las alturas al retamar, a la izquierda tenemos los cortados del Valle del Manzanares, a la derecha y en frente los encinares-coscojares  de La Marañosa.

Nos vamos acercando a nuestro destino, el efedral más impresionante que conozco, en cantidad y tamaño de los pies.

Posando ante una efedra de más de 3 m. con troncos de 20 cm. de diámetro.
Coscoja arborescente. Unica en la comarca. Javier mira hacia arriba, todavía en busca de la esquiva totovía. La 3ª y 4ª por la derecha, que están en pié, son Jus Y Mayte, dos molestapájaros arrepentidas en tratamiento de desintoxicación, a las que hemos acogido; han prometido no volver a molestar nunca más al Carricerín cejudo de S. Martín y cortarse un dedo antes que poner una anilla.

En este lugar mágico todo es enorme.
A veces el paisaje se torna como lunar de extraña belleza. Es momento de parar y deleitarse con las vistas y dejarse acariciar por el aire, Guadarrama y Gredos aparecen nevados, hacia el sur también podemos ver los Montes Oretanos. Si no fuese por las rodadas, parecería que somos los primeros en pisar estas tierras.

Algún vallado en el camino que sorteamos sin dañarlo, pues impide que se escape el ganado. Las Salsola kali corren empujadas por el viento hasta estrellarse contra las vallas, hace tiempo que dispersaron todas sus semillas, pero han cogido el gusto a eso de deambular jugando con el viento; nosotros también.

Jus, la molestapájaros en actitud penitente entre alambres de espino por sus pecados, asistida por Mayte, la otra molestapájaros.

Por fin llegamos al efedral. Efedras enormes, de hasta 8 m. de diámetro, dispersas en el espartal y acompañadas de alguna coscoja.
Desde GRAMA y ARBA se está llevando a cabo un proyecto que consiste en localizar enclaves con especies que están en peligro o que alberguen valores excepcionales para pedir su protección. Este es el caso. La cantidad de efedras y el tamaño que alcanzan son excepcionales. A pesar de estar dentro del Parque Regional del Sureste, gran parte de las efedras ardieron en el incendio acaecido hace más de una década. Por una parte dar difusión a estos enclaves puede provocar un perjuicio por la posible afluencia de personas atraídas. Por otro lado, si las administraciones hubiesen tenido la información y la sensibilidad necesaria, podrían haber puesto mayor énfasis en apagar el incendio que se propagó por el espartal hasta quemar gran cantidad de estos arbustos. Apagar un pinar en verano es imposible, los medios aéreos no consiguen sofocar el fuego, éste se extingue cuando cambian las condiciones meteorológicas; sin embargo, sí habría sido posible apagar el incendio en el espartar y salvar a estas efedras, mucho más singulares que los monocultivos de pino.

Son las tres de la tarde. Entre tanta emoción para nuestro espíritu, se nos ha olvidado que el cuerpo que nos encierra necesita alimentarse. Buscamos una vaguada a través de un difícil consenso y nos ponemos a ello. Se produce el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, y de las latas de cerveza, y del café calentito, y del rico licor al que Manuel nos tiene acostumbrados. Tenemos todo lo necesario para pasar un día redondo.
Saciada nuestra hambre, es el momento de las confidencias. Resulta que Javier Grijalbo da en primicia la noticia para la revista «El Abejorro de Gózquez» de la fecha aproximada de salida para la segunda edición ampliada del agotado libro Vegetación y Flora de Madrid del que es autor, editor, maquetador, distribuidor y vendedor;  parece ser que será para otoño; aunque lo que más recuerda son las toneladas de cajas de libros que tuvo que mover. Todos pensábamos que la tesis doctoral de Juanma  terminaría siendo una tesis póstuma, más de 20 años, pero descubrimos que Enrique Luengo, el de poco pelo con gafas (segundo por la derecha) ha superado a Juanma, su tesis en geofrafía bio, aún no sabemos si póstuma, versará sobre la vegetación de Gredos. José, del que vemos la nuca, detrás de Manuel (el primero con gorra) nos habla de los malabares que tiene que hacer para ciertos menesteres que no voy a detallar aquí. El tal José Luis, a pesar de no haber traído comida ni bebida, queda satisfecho y nos confiesa con lágrimas en los ojos (no por el viento) de lo acertado de su decisión de acompañarnos. Rubén a la izquierda de la nuca de Jose, nos habla de sus labores como semillador transhumante, Emily, detrás de Rubén, rubia con gorro de lana, la americana, no nos cuenta nada. Al fondo los tres grameros que se nos han pegado como lapas, entre ellos la doctora Bea a la que jamás perdonaré, nos manifiestan su envidia, supuestamente sana, por las excursiones que organizamos, a un nivel mucho más alto que las grameras (Raúl, sabes que te tengo en gran estima). Las molestapájaros hacen uso de su derecho a permanecer en silencio, aunque Mayte nos confiesa su edad y la felicidad que le supone descubrir nuevas arrugas orlando sus ojos, aunque parece no llevar muy bien eso de los sofocos; Mayte recuerda que el Carricerín cejudo me lo cuenta todo.

Efedra de 7 m. de diámetro.

Seguimos camino y nos adentramos en el efedral. Todavía quedan enormes troncos a medio quemar de las efedras arrasadas por el incendio, de hace años.
Llegados a este punto la comitiva se divide en dos equipos, el Equipo B formado por Juanma, Javier, Rubén, Andrés y Enrique. Se van a los arenales a buscar especies citadas por un tal Cutanda, señor de corazón alegre que murió hace más de 100 años y anduvo por estas tierras. Encuentran la Euphorbia matritensis, entre otras euforbias, pero nada de nada del Halimium calycinum.
El Equipo A, formado por todos lo demás, el de los soñadores, nos vamos a los cortados, a seguir preñando nuestras retinas de imágenes que no olvidaremos nunca.
El mundo desde arriba se ve de otra manera.

Nótese, que todas las féminas se han integrado en el Equipo A. La única explicación que encuentro para esto, es la irresistible atracción que mi sensualidad ejerce sobre ellas.

Tenemos dos opciones. Bajar al Valle del Jarama e ir por la margen derecha hasta el Puente del Congosto o atravesar los pinares de la Marañosa, la primera opción supone hacer el triple de kilómetros, el sol ya está bajo y no queremos llegar de noche.
Reemprendemos la marcha, este día feliz se está acabando, la tristeza asoma a los ojos de las molestapájaros que los ocultan detrás de la gafas, el tal Jose Luis me confiesa que jamás olvidará esta jornada. Las grameras me piden ser admitidas en ARBA bokoharama, petición que rechazo debido a mi amistad con Raúl. Jose Magallanes llora desconsolado detrás de un esparto. Emily me dice que va a pedir la nacionalidad española.
Aunque se está acabando, yo voy a disfrutar  hasta el último segundo de este día.

Bajamos de los cerros siguiendo unas rodadas que corren bajo un tendido eléctrico, atravesamos un pinar y tomamos el camino que atraviesa el arenal y las antiguas graveras. A la izquierda unas antiguas y ruinosas construcciones llaman la atención de las molestapájaros y deciden visitarlas. El resto seguimos por el camino ya paralelo al Manzanares, poco antes de llegar a Casa Eulogio nos encontramos con el Equipo B. Todos juntos cruzamos el Puente del Congosto, donde hemos dejado los vehículos.
Tenemos que volver al Ptº de La Marañosa, nos repartimos en los coches, lo típico.
Ha pasado media hora y no aparecen las molestapájaros. Me viene a la memoria la leyenda del Hachote de La Aldehuela, un personaje biónico que en lugar de manos tenía hachas y andaba dando hachazos entre los municipios de Getafe y Rivas. A pesar de haber pecado, no merecen ese castigo. Por fin aparecen enteras, yo me alegro.
Para terminar la jornada nos vamos a Los Leones, donde alegramos nuestros cuerpos con unas frescas cervezas entre comentarios de todo lo acontecido. Lo que pasa en Los Leones, se queda en Los Leones, nunca volveremos a ser los mismos.

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